Hace unos minutos hablaba conmigo. Ahora no es nada, sólo un cuerpo cianótico, rígido, semi desnudo, de ojos vidriosos; nadie sabrá nunca lo que retienen sus pupilas.
La familia aparece, aturdida, ausente, no sabe qué hacer, dónde sentarse, hacia donde mirar; sólo espera. Primero el informe médico y algunos detalles de lo sucedido. Después la coordinación del equipo de trasplante, en este caso no es necesario: la causa de la muerte y los antecedentes del paciente invalidan los futuros órganos a donar. Ahora es el turno de la funeraria, ofrece sus mejores servicios: coche para el traslado, salas refrigeradas donde reposar las lágrimas con servicio de cafetería, ramos y coronas con bandas de raso. Todo cambia, para todos, en el curso de dos horas.
Mi turno termina. Me dirijo a los vestuarios con el pitido reventándome los tímpanos y el color morado instalado en mis ojos. Salgo a la calle, la primavera nos regala sus primeros abrazos de calor. Vuelvo a casa con una promesa de descanso. Al salir del parking un coche fúnebre me cede el paso. Arranco mientras conecto la radio.
Texto y fotografía: María Jesús Silva
NOTA: Me gusta Chusa porque siempre sabe de lo que habla.
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