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miércoles, febrero 24

DESCANSO

Nunca termino de acostumbrarme al sonido agudo del monitor que anuncia que la vida acabó. La línea delgada y horizontal revela un corazón plano después de cuarenta minutos de reanimación cardiopulmonar. Entonces comienza la retirada, se aparta el electrodo y el pitido se apaga. Se deshecha el tubo endotraqueal y la vena se coagula; la sangre ya es negra. Dentro del cuerpo todo es silencio: las células han dejado de regenerarse, las neuronas ya no transmiten, los riñones se necrosan, el hígado se hincha, la médula queda atrapada en el túnel protector... y la descomposición empieza a trabajar en una carrera loca y despiadada.
Hace unos minutos hablaba conmigo. Ahora no es nada, sólo un cuerpo cianótico, rígido, semi desnudo, de ojos vidriosos; nadie sabrá nunca lo que retienen sus pupilas.
La familia aparece, aturdida, ausente, no sabe qué hacer, dónde sentarse, hacia donde mirar; sólo espera. Primero el informe médico y algunos detalles de lo sucedido. Después la coordinación del equipo de trasplante, en este caso no es necesario: la causa de la muerte y los antecedentes del paciente invalidan los futuros órganos a donar. Ahora es el turno de la funeraria, ofrece sus mejores servicios: coche para el traslado, salas refrigeradas donde reposar las lágrimas con servicio de cafetería, ramos y coronas con bandas de raso. Todo cambia, para todos, en el curso de dos horas.

Mi turno termina. Me dirijo a los vestuarios con el pitido reventándome los tímpanos y el color morado instalado en mis ojos. Salgo a la calle, la primavera nos regala sus primeros abrazos de calor. Vuelvo a casa con una promesa de descanso. Al salir del parking un coche fúnebre me cede el paso. Arranco mientras conecto la radio.

Texto y fotografía: María Jesús Silva

NOTA: Me gusta Chusa porque siempre sabe de lo que habla.

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