Por los estercoleros del acantilado van como nosotros, pero en viejo: con barbas y sombreros sucios, y sus ojos que recorren, como hormigas, una a una, todas las arrugas de sus caras. Nos da risa y miedo verlos. Tenemos miedo de ser así. Por eso les apedreamos, y nos reímos, y vamos siempre en su zaga, y ellos nos llaman golfos (y lo somos: ellos y nosotros). Pues, por los estercoleros van con ganchos y sacos al hombro y nosotros detrás de lo que ellos buscan, para quitárselo o quemarlo. A su lado crecen gordas las moscas y se vuelven azules, verdes, o (según les caiga el sol encima) hasta de oro. Pues, digo, por los estercoleros vamos nosotros a escondidas, rastreando tras sus ganchos; aplastando cáscaras de huevo con el pecho, los codos y la tripa, con las rodillas mordidas en media luna roja por caimanes de hojalata. Y apesta la tierra, y apestan los zapatos sin suela, con los clavos al aire, y duelen y brillan, verdes, los culos de botella, mientras acechamos a los vagabundos. Y les apedreamos con ladrillos partidos, y trozos de azulejo blanco, y tacones de goma negra. Y les echamos encima los insultos y los perros. Y ellos levantan ganchos y garrotes y nos odian. (Nos odian porque somos espejos para ellos, y les odiamos porque son espejos nuestros.)Y somos, digo yo, tan iguales, enemigos.
De Ana María Matute, en Libro de juegos para los niños de los otros (Espasa, 2003), con fotografías de Manuel Durán y Juan Miguel Sánchez Vigil
NOTA: La cosa es que uno, visita una de esas grandes superficies dedicadas a la alimentación y a el consumo desmedido, y aunque en otra medida consumas más o menos, a veces tienes, quieras o no, que plantar tus pies y algunas monedas allí, el que esté libre de este pecado que tire la primera piedra; no sé como funcionan, tampoco es que me interese, aunque entiendo que no hay que ser ningún lumbreras para entender sus mecanismos, y también entiendo que estos navegan a medio camino entre el engaño y otras astucias, es decir, crearnos ciertas necesidades, que muchas veces ni precisamos, y que si te paras a pensar en la calidad-precio de lo adquirido, no te quepa la menor duda, que saliste perdiendo; no siempre, pero sí, la mayoría de las veces. Tuve suerte; hace unos meses en una visita a una de estas plataformas encontré el libro (sí, por si no lo sabíais la cultura también es una mercadería y como tal se presenta en estos sitios) donde se encuentra el texto que posteo. Increíblemente estaba allí, como unos polvorones después de las fiestas navideñas, una puta oferta para unos bolsillos rotos. El valor que los encargados de la sección de “cultura” habían decido poner a este libro era el de 1€, si amigos, por un euro de mierda puedes adquirir a un clásico de la literatura española; un pavo por un libro de 21cm x 25cm y de tapas duras, con papel de 300grs, hueso, e ilustrado cada uno de los textos, con fotografías acojonantes. En las que en muchas de ellas e reconocido mi barrio a finales de los 70,y principio y mediados de los 80; con lo cual también me he reconocido como un niño de los otros, y que aparecen reflejados en esas fotografías, pues no dista nada de nuestra vida en aquellos años, en aquellas calles, en aquel barrio que sigue siendo este, en el que vivo con algunos años más; mi barrio, con la modernidad y el engatusamiento de los grandes hipermercados.




Esta nota aclarativa que procede y precede es a cuenta de la dudas que han podido surgir por la posterior antología que se ha publicado en Córdoba con el nombre: 















