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(EL MOVIMIENTO CIUDADANO)
METRÓPOLIS GANA, BARRIADA PIERDE (PÁG.30)

Se da el contraste, y más, una sorda pugna entre dos formas bien distintas de vivir asociados, de hacer comunidad plural. No es mera cuestión de tiempo, de historia y menos de arquitectura y estampa. La metrópoli, consecuencia mayúscula y masificante de la urbe, surge y de siempre cara a la barriada o forma aldeana de estar y de soportar esta vida de hombres asociados.
Porque barriada no casa exactamente con aldea, más bien dice ya de alguna (forma) un vencimiento ganado por la gran ciudad que como monstruo feroz va atrayendo a su víctima antes de terminar por devorarla. Veamos el cómo del proceso y despues dejemos que cada cual saque lo suyo.
Primero fueron las escuelas privadas donde todo era privado, y del Estado solo se conocía a los verdes y los grises que tiraban chabolas mal acometidas. Y con las escuelas aquellas la cultura ciudadana en sus albores, escuelas que se asemejaban a las de sus lejanos lugareños que ayudaban a desasnar a los pequeños que iban naciendo o muriendo entre todo aquello ambiguo, esperanzando y tramposo, y al fin las escuelas públicas, estatales, sumando cultura y recogiendo a más crios. Y las escuelas de adultos y las guarderías y el dispensario y las primeras cooperativas surgidas por los revos de Madrid, los jóvenes de siempre que intentaban hacer un barrio nuevo. Casi lo consiguieron, no solo aquí, en todo el entorno de una capital cercada de suburbios semi habitables. Fue por entonces el sueño quimérico, cuando aquellas fiestas, aquellas procesiones y no menos aquellas riñas populares de sabor campesino. La barriada había surgido y hasta alumbró la luz, llegó el agua en las cisternas y se constituyó en la ciudad de “los amigos del Pozo”. Sigo creyendo en su no torcida pero equívoca voluntad de ellos. Había Pozo como en una flor de campo en el ojal de Madrid.

Cuestión de años, y el cuadro fue perdiendo color; la metrópoli ganando puntos, y la barriada perdiéndolos. ¿Causas? Pues lo de siempre, el pez gordo se come al chico, las mujeres del Pozo traen con su ropa desechadas de señoras, costumbres y decires nuevos, los hombre se conciencian con lo del furbo que diría Umbral, los chicos descubren que en Madrid hay discotecas. Se cierra el cine al aire libre de la barriada y las nuevas camionetas conducen fácilmente a la ciudad, donde “hay de todo”. Madrid gana de todas todas; el Pozo va convirtiéndose en un barrio, no barriada, de una colosal monstruosidad, barrio ya en remodelación; en vez de chabola, pinturera ella, la torre de nueve pisos, y en vez de chato en la taberna de ayer esto del bar con su bebida de televisión. Los bienhechores de la ciudad se escandalizan y se retiran. Han ganado, sin embargo, perdiendo el Pozo el valor sobrestimable de la vecindad y sus costumbres; ya no va haber vecinos sino ciudadanos masificados como las cajas de galletas en construcciones acuarteladas –el vecindario es horizontal, nunca vertical-. La metrópoli con su potencia y su clase de siempre ha vencido al final de la historia y sólo en 25 años, la barriada, templo de miseria en sus comienzos y frustrada solución durante pocos años de un Madrid habitable, ha perdido casi todo lo profundo y humano, bien vendido en tecnología y comodidades, que dicen o decimos todos. El hecho o el capitulo de una historia de transformación fatal de lo popular en lo metropolitano va llegando a su fin: ¡Ah¡ pero todo esto es aún por fuera; a más del paro y cierta peculiar culturilla, nos queda ñoras y ñores , LA CLASE, mal empaquetada, pero todavía en pie. Gracias.
José María de Llanos. Sacerdote Jesuita. (TRIBUNA. A viva voz. 1980)
La imagen de arriba es una de tantas que recoge el libro y que fue recopilada por el autor del mismo.

